COMO TODOS LOS DÍAS
por Carolina Blanco (*)
Este texto nace de una pregunta que no siempre sabemos formular: ¿qué pasa cuando el mandato de “hacé lo que te gusta” se cruza con un sistema que no está hecho para sostenerlo?
Caro nos trae una escritura sobre el trabajo, y sobre el desgaste de trabajar en este contexto. Tensa la soga exponiendo la ilusión meritocrática, la precariedad profesional, la ansiedad productiva y esa sensación constante de estar llegando siempre tarde a todo.
Entre el home office, los múltiples trabajos, la culpa por descansar y el deseo postergado, aparece una pregunta más profunda: ¿qué significa hoy vivir del propio trabajo sin que eso implique perderse en el intento?
Bienvenidos y bienvenidas a esta nueva entrega de Total Interferencia, pensamientos en voz alta antes del fin de la metáfora.
Como todos los días, me levanto a las 8. Las ventajas del home office son así: podemos dormir un poquito más. Prendo la compu antes de abrir bien los ojos y me siento en pijama a terminar los pendientes que han quedado del día anterior. Cuando me doy cuenta, me ruge el estómago porque ya son las 10:30 y todavía no tomé nada. Termino esta tarea y voy; tengo que terminar. A las 12 por fin estoy preparando el mate.
—¿Qué vamos a comer?
—No sé, ma, nunca sé.
Como quien estira las piernas, doy un pique hasta la verdulería.
—¿A cuánto está el tomate? Bueno, dale, mi hermano no come otra verdura. ¿Cuánto? Bueno, te transfiero el resto; he traído diez mil nomás, gracias.
Corto rápido, cocino apurada, todo a la olla que se haga solo; tengo que terminar. Me empujo la comida en cinco minutos; no puedo terminar, no puedo lavar. Tengo un meet en diez minutos. Lava vos o ya lo hago yo más tarde.
—Hola, sí, acá estoy, perdón la demora.
—¿Diez tareas más? Claro, sí, yo puedo, sí, sí, ya mismo lo hago, dale, dale.
—¿Uh, hice algo mal? Perdón, mala mía. No sé cómo se me pasó si anoto todo. Tengo que hacer todo, tengo que terminar todo.
Tacho tareas, subo esto, edito aquello. ¿A qué hora era la clase?
—Hola, alumnos, hoy vamos a repasar juntos este tema que me encanta. ¿Tenés miedo? Pero si vos sos capaz, vos podés. Si yo pude, ¿por qué vos no?
—Hola, mi amor, ¿cómo estás? ¿Dónde está lloviendo? Ay, es que no saqué la nariz más que para ir a la verdulería. No, mi princesa, no puedo jugar ahora. Sí, está hermoso tu dibujo, me encanta. No, no puedo ver Bluey ahora; andá a ver con tu hermana. No se peleen, dejen de gritar.
Vamos con otro termo de mate. No me puedo dormir; me falta la mitad de las planificaciones. Tengo que hacer algo por mí: comer, ir al gimnasio, ver una serie, hablar con mis amigos. Me duele la espalda, me duele la rodilla, me duele el estómago, me duele la cabeza. Pero después, hago algo después; ahora tengo que terminar esto, no puedo quedarme sin terminar esto. Me suena el teléfono.
—¿Quiere que le venda una cacerola? Sí, señora, por supuesto, aquí estoy a su disposición. Dígame qué necesita y la asesoro.
Quiero escribir un libro, quiero enseñar en una escuela. Después, hago eso después; ahora tengo que terminar de hacer esto.
—¿Qué hora es? Uh, ya son las 4. Bueno, me acuesto un ratito; lo termino mañana.
Soy una irresponsable. ¿Cómo me voy a dormir? Voy a fallar, voy a fracasar, voy a decepcionar a todos.
Como todos los días, me levanto a las 8. Las ventajas del home office son así: podemos dormir un poquito más.
Soy mi propia jefa en tres trabajos distintos, mi propia ama y mi propia esclava. No llego al millón mensual, pero no importa, porque así como papi y mami me bancaron la carrera, me bancan el pozo de desempleo postitulación. Los dos son jubilados. Yo tengo un título universitario todavía sin enmarcar. Hice una carrera de grado en la UNT; me demoré más de diez años, pero logré terminarla… ¿y ahora qué?
Al colegio privado solo se entra con cuña y al público solo por junta, que también tiene cuña, pero es más difícil. El sistema está roto por donde lo mires y es muy hostil con los recién egresados que no tenemos un tío o una prima trabajando en un puesto estratégico. Desde las mismas trabas que pone la universidad al no hacer convenios con la provincia que nos habiliten a hacer cursos con puntaje durante el cursado, hasta la postura de las instituciones provinciales al exigirle más al egresado de la universidad porque están “protegiendo” a los suyos.
Entrás a grupos en Facebook y WhatsApp que prometen ayudarte con la burocracia, que supuestamente te muestran los pasos a seguir, que están hechos con la excusa de generar una red de contención de docentes, pero terminan siendo nido de propagandas de docentes que subsisten rindiendo cursos por otros colegas para hacer algo de plata extra. Porque el que consiguió el trabajo tampoco la tiene fácil: tiene que cumplir sus horas en varios colegios distintos; en el medio, planificar, hacer informes y, encima, capacitarse. Invierte su escaso sueldo en pagarle a otro que se capacite por él; se queda con el puntaje, pero sin la plata y sin el conocimiento.
En mi nube de recién egresada lo veía horrorizada desde mi burbuja moral del docente ideal, pero el sistema me terminó enseñando que no importa cuánto sepas o qué tan capacitado estés: si tenés un papelito con un código de barras que te avale, terminás en el top 3 del padrón.
Pero yo resisto. O, más bien, insisto y tiro currículum como si tuviera tiempo para tomar horas. Como si alguien fuera a darme el trabajo para el cual mi título universitario me habilita. Mientras tanto, trabajo de community manager en dos agencias de marketing —las dos de amigos, las dos por cuña—. Mi Instagram es un desfile de cuentas empresariales cuyos dueños no se deben ni imaginar que la que publica sus plaquitas con promociones y sus reels virales es una flamante egresada universitaria.
Trato de convencerme a mí misma diciendo que la comunicación es uno de los principios configurantes del lenguaje y que por eso me dedico al marketing. Sí, por eso. Cuando decíamos que el lenguaje crea realidades, yo me imaginaba analizando los discursos de algunos sectores de peso político que hoy hacen pasar nuestros derechos laborales como privilegios. No me veía corrigiendo el epígrafe de la publicación de un monopolio provincial al cual no le afecta en lo más mínimo que escriba “oferta” en vez de “oportunidad única de compra”. Y que, encima, me paguen dos pesos por estar atenta 24/7 “por si alguien nos etiqueta en las historias”.
También tengo un par de alumnos particulares de la universidad que aceptan tener clases virtuales en horarios muy extraños; nos hermana la desesperación: la de ellos por aprobar, la mía por sostener mi salud mental fingiendo que hago algo que realmente tiene que ver con mi título. Algo que haga valer todos los años de estudio y las crisis de pensar que lo peor que me podía pasar era desaprobar un final, justificar todos esos ataques de pánico. Les cuento mi experiencia como estudiante; me paso la mayor parte de la clase dándoles aliento o consejos más que enseñándoles cualquier contenido que puedan encontrar en los libros. Porque todos tenemos este contexto socioeconómico en común. Algunos trabajan, tienen hijos o familiares a cargo, pero también tenemos en común la convicción de que seguir estudiando es un acto de resistencia ante tanta imbecilidad reivindicada.
Como si eso no fuera suficiente, también vendo productos de una línea muy reconocida de cacerolas de alta calidad. Con suerte, sale una venta al mes, si es que a la clienta le da el margen. Me recomiendan amigos, compañeros y conocidos; irónicamente, no llego a crear una estrategia de marketing para mi propio negocio. Pero me sostiene esa red invisible que, ante el mínimo comentario de alguien cercano que sugiere querer comprar, levanta la mano y dice: “Tengo una amiga que vende”. Es una caricia al alma ser reconocida y recomendada por personas a las que quizás no veo hace años, pero que me tienen en cuenta para beneficiarme.
Así se me pasan los días entre trabajar mucho y dormir, comer, sentir, moverme y cobrar poco. Desde que las redes sociales se hicieron parte del trabajo, casi no las miro. En lo poco que veo me encuentro con un país devastado, un gobierno sacando derechos, reprimiendo a los más vulnerables, jóvenes conservadores de ultraderecha a sus 12 años defendiendo todas estas atrocidades, o, aún peor, gente de mi edad o mayor comentando “no vuelven más” en un video en el que te explican que todos tienen derecho a tener un plato de comida en la mesa.
A comienzos de mes me di cuenta de que no hablaba con mis amigxs hacía mucho tiempo; me quedé pensando si escribirles o no. Decidí que no, porque si me dicen de vernos no tengo plata ni tiempo. Me estoy aislando de nuevo; estoy postergando idas al médico, el ejercicio, la alimentación, limpiar mi espacio y hasta bañarme. Me postergo a mí misma, al fin. ¿Ha vuelto la depresión? A mí me han dado de alta en terapia, no me jodan. Ah, no, cierto: he dejado de ir porque me ha dicho que necesitaba interconsulta con psiquiatra y medicación, pero no podía pagarla. Es verdad, mala mía.
Hoy me he dado el lujo de rechazar un trabajo de doce horas semanales, en el cual vengo hace dos semanas diciendo que sí en todas las entrevistas, aceptando todas las condiciones, incluso la de hacer un viaje de tres horas dos veces a la semana al interior de la provincia. Me cubrían el 70 % de los viáticos; el sueldo no llegaba a los doscientos cincuenta mil pesos y yo sabía eso desde el inicio. Creo que decir que no ha sido un acto de amor propio. Hace mucho no tenía uno de esos. No me tentaba la plata, pero sí me molestaba tener que decir que no, tener que asumir mi propio límite. Y cuando me he dado cuenta, el rechazo ha sido un alivio.
Así que tengo mis pequeñas victorias también: pagar el seguro del auto, ponerle alguito de nafta, pagar mi propia línea de teléfono, el internet de casa, los duraznos premium en la verdulería, un sanguchito de milanesa con mi novio y alguna remerita trucha de las Guerreras del K-pop que compense todos los juegos postergados con un “ahora no, estoy trabajando” para mi sobrina. Lujitos que no se da cualquiera.
Pienso en el futuro y me gustaría, al menos más adelante, no sé, aspirar a vivir dignamente por mis propios medios, dedicándome plenamente a la profesión para la que tanto estudié.
Capaz ya estoy pecando de ambiciosa.-
(*) Carolina Blanco es Profesora de Letras egresada de la UNT. Transita por la literatura, la lingüística y la comunicación con la misma frecuencia y pasión. Se desempeña como Community Manager en agencias de marketing y como docente particular para el nivel universitario. Entre la gestión digital y las aulas, cultiva la escritura de ficción y no ficción. Tucumana de pura cepa, su mundo oscila entre la corrección de tesis universitarias, la venta de cacerolas y el maridaje imbatible de milanesa con Mirinda manzana. Escribe porque es su forma de habitar el lenguaje.






